La oferta sonaba casi irreal. La ONU buscaba a alguien con talento para la construcción de cárceles, preferiblemente una mujer, para unirse a su misión en la República Democrática del Congo. ¿Iría?
La oferta sonaba casi irreal. La ONU buscaba a alguien con talento para la construcción de cárceles, preferiblemente una mujer, para unirse a su misión en la República Democrática del Congo. ¿Iría?
Olukemi Ibikunle respiró hondo. El trabajo le sentaba de maravilla, pero la alejaría de su familia en Lagos. Entonces, como la planificadora meticulosa que es, la jefa de proyecto de 38 años llamó a casa.
“Hablé con mi marido y me dijo: '¿Por qué me lo pides? ¡Ve, ve, ve! ¡Diles que sí!'”. Su entusiasmo la animó. Pero, ¿cómo podría arreglárselas solo?, le preguntó. Sus dos hijos solo tenían siete y diez años. Él replicó con una pregunta cautivadora: “Esos niños de los que hablas... ¿puedes decirme su apellido?”. Ella lo hizo. “Ese es mi nombre”, respondió. “Déjalos conmigo”.





